Por: Sergio Guillén
Oct 16 del 2026
La aventura, el amor filial, la autorrealización, el crecimiento, el odio y la redención son algunos de los ingredientes mágicos de esta receta de moralidad y pedagógico estrés cuya claustrofobia exprime los temores y pasiones sin piedad.
La caída de la ballena 🐋 es la clásica historia del viaje del héroe en un recorrido hermoso y sobrecogedor donde las ansias conviven con la esperanza, y las inquietudes con la confianza. Jay, el atormentado protagonista, se sumerge literalmente, en una aventura de descubrimiento siendo devorado por una tremenda bestia que además de física es metafórica.
Una bella película muy bien manejada que a pesar de ser clásica y previsible, Daniel Kraus, creador de la historia, en un majestuoso manejo de la pluma mantiene al espectador ávido y fresco descubriendo constantemente las joyas, los tropiezos, los fracasos y los triunfos que llevaron a Jay a ese fantástico viaje de una gestante vida que era necesario recorrer mediante el choque ante los espejos de la vida.
Esta película es visualmente hermosa e inquietante, pero inspiradora y fabulosa, gracias, sin duda a la fotografía que reitera ese temor claustrofóbico inseparable de la cámara de Aaron Morton y que resulta genial, grotesco y sublime.
Este es un gran entramado cinematográfico dirigido por Brian Duffield, quien participa también en el guión, vemos su característico toque intimidante que lleva al espectador a laberintos insoslayables donde junta a personajes conocidos como Jonás, Pinocho, al mismo Leviatán, a Simbad, al Barón Munchausen y a Moby Dick, así como a las propias vidas de los espectadores, a sus enseñanzas y trayectorias, así como hasta a los hermanos y amigos buena onda y por qué no, a las abuelitas tiernas y sonsacadoras, sin olvidar a la violencia del estado y de sus instituciones que inician en la propia familia y en la gestación. El rol masculino del padre con sus obligaciones arquetípicas y canónicas, es indispensable.
Sin duda, la supervivencia, el anhelo por ser, por sobrevivir y por alcanzar la luz está presente de manera constante y apabullante. Jay nace una y otra vez tanto en sus flashbacks como en su físico y atemorizante entorno.
El agua creadora de vida como el vientre materno, el aire, las creaturas marinas, el dolor, la luz y la razón conviven armónicamente en esta película que enseña cómo inicia la vida, el amor y la redención.
No se necesita más que morir para tener derecho a renacer y agradecer siempre al creador por ese viejo, reiterativo y siempre novedoso viaje del héroe. Disfrutable y aleccionadora, por lo tanto, remendabilísima.

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