Me senté a ver pasar la tarde,
aquí, en este calor de la selva que te asfixia los pensamientos,
donde las ramas se mecen como pidiendo piedad y de pronto la vi.
Una nube grande, blanca, absurda,
allá arriba, flotando en el cielo abierto,
con una trompa larga y torpe,
con unas orejas enormes que parecían abrazar el aire:
un elefante hecho de vapor y olvido.
Y me dolió el presagio.
Me dolió porque las nubes son tan disfrutables como su danza inquieta y sutil, tan etérea, tan pasajeras como los inventos de mis ojos que miran lo que quieren ver.
Como a la nube, te miraba vaporosa, te creía de carne, de piel tibia, de palabra firme y no supe si eras nada más un reflejo,
una nube pasajera que se me antojó meterme en el pecho.
Y el sol cayó como una bofetada.
El calor de la selva apretó la tarde,
y el viento como el tiempo,
empezó a soplar, a desarmarte,
a mover a los árboles como si bailaran sobre tu tumba.
El elefante de la nube se fue estirando,
perdió la trompa,
se le deshicieron las orejas,
se volvió trizas, humo rancio y luego nada.
Y es que como a mi nube de elefante, te vi cambiar frente a mis ojos.
Te me deshiciste en el aire,
transformada
en un cúmulo de agua y de sueño, transformada en una sombra que se escurre por los troncos.
Y yo aquí,
gritándole a la nada,
rasguñando el cielo con los dedos,
preguntándome si alguna vez exististe,
si fuiste mujer de verdad o sólo una alucinación de mis ganas,
o si el viento y el sol te mataron antes de que pudiera tocarte.
Se me fue la tarde.
Se me fue la nube.
Te llevó el viento.
Y yo me quedé solo,
rodeado de este calor idiota,
masticando la tristeza de no saber si te fuiste o si no habías llegado jamás.
