La muerte de Robin Hood. Una película que habla de la fortuna que es vivir, pero también de la fortuna que es morir; habla de la vida y de la muerte en sus placeres sublimes.
Es una historia de redenciones, de culpas, de deudas, de penas y de fortuna.
De la fractura y el dolor nace el arte, de la fractura y el dolor nace la venganza, dos fuerzas movidas por igual, dos fuerzas opuestas que como polos operan en constante pugna sin dejar paz, hasta que haya redención plena, hasta que la humildad de la razón (esa que suele hacer el alma cuando no tiene más que hartazgo), la mirada hacia el interior hablen por si mismos y se perdonen y sanen.
Las fuerzas de los dioses radican en uno mismo, no en los ídolos y las historias sino en la propia carne y la propia sangre. Al final de cuentas se trata de sobrevivir, se trata de vivir y buscar sentido a nuestros pasos y a nuestros senderos caminados. La conciencia del lenguaje, de la fuerza de las palabras, de las fuerzas y poderes infinitos de los nombres, de los signos que usamos en sacrilegio atentando contra nuestras propias esencias infinitas.
Dejar, como Robin, ir la flecha, que vuele y se libere. Pero solo será posible con fuerza, tensando con firmeza para dejar, soltar y que esa flecha de la propia vida siga el camino que debe seguir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario