El arte y el diseño tridimensional: entre la memoria cultural, la función social y la innovación del futuro

 Por. MBA, DCG Sergio Ángel Guillén León

 Consideraciones iniciales

El diseño tridimensional comprende toda manifestación material creada para ocupar un espacio físico y ser experimentada desde múltiples perspectivas humanas y físicas. A diferencia de las representaciones bidimensionales, integra dimensiones espaciales, táctiles, funcionales y simbólicas que permiten una interacción corporal con el objeto en el entorno y con el propio observador. Algunas particularidades con el arte de tres dimensiones, es que en este se privilegia la expresión, el significado y la experiencia estética.

La génesis del arte y el diseño tridimensional se entrelaza con el nacimiento de la autoconsciencia humana, una genealogía que obviamente, precede a la institucionalización académica o al papel preponderante de lo digital. Desde que el homo faber comenzó a intervenir la realidad mediante el tallado de la piedra, la torsión de la madera o la alquimia del barro y el metal, el objeto dejó de ser un simple utensilio para convertirse en un contenedor de sentido.

Las creaciones artificiales volumétricas no nacieron como un pasatiempo estético en una academia, sino que está ligado a nuestra evolución biológica y cultural desde el momento en que el ser primitivo golpeó una piedra para darle filo, ya estaba modificando la realidad del material y también de él mismo.

                De la enigmática sobriedad de las Venus paleolíticas a la monumentalidad de los megalitos o desde las significaciones simbólicas y rituales de las máscaras hasta la cosmogonía petrificada de las civilizaciones mesoamericanas, la dimensión espacial ha operado como el lenguaje primario con el que las personas han evidenciado su psique, cristalizando creencias y voluntades en una materia que, al ser esculpida, adquiere la densidad de lo trascendente.

A lo largo de la historia, el arte en tres dimensiones ha acompañado la evolución de las sociedades. Cada época ha dejado su huella mediante estilos, materiales y técnicas que reflejan el pensamiento dominante de su tiempo. Si consideramos las esculturas idealizadas de la Grecia clásica o las monumentales obras del Renacimiento incluso desde las expresiones abstractas de los Ismos del siglo XX hasta las creaciones digitales, la realidad virtual y la impresión 3D del presente, el arte tridimensional ha evolucionado junto con la cultura adaptándose a las transformaciones sociales, tecnológicas y estéticas.

Sin embargo, reducir el arte tridimensional únicamente a la escultura sería desconocer la enorme influencia que tiene en prácticamente todos los ámbitos de la vida cotidiana. En la actualidad, se ha consolidado como un campo transversal donde convergen disciplinas como el arte, la arquitectura, el diseño industrial y el urbanismo, entre otras áreas creativas.

Esa convergencia no es casual pues cada disciplina aporta sus propias herramientas para configurar espacios, objetos y experiencias que articulan valores, consolidan identidades y redefinen el vínculo entre las personas y su entorno. Al analizar esta evolución, es posible ir más allá de la mera apreciación estética desde la pragmática y reconocer el complejo entramado de significados —sociales, ideológicos y culturales— que toda construcción en volumen lleva consigo.

 Análisis

Lejos de limitarse a una función meramente ornamental, el arte tridimensional ha operado históricamente como un registro cultural, capaz de decodificar la visión de mundo de una sociedad sobre conceptos fundamentales como la existencia, el poder y la naturaleza.

En sus manifestaciones más arcaicas, la escultura fungía como un eje articulador de la supervivencia y el ritual, por ello señala Gombrich (1995) que el arte no es un concepto aislado, sino una respuesta a las necesidades de comunicación y representación de cada época. Como esas Venus paleolíticas que, por ejemplo, trascienden la representación anatómica para encarnar arquetipos de fertilidad y la pervivencia del grupo. Esta capacidad narrativa evolucionó en las grandes civilizaciones, donde el volumen se convirtió en un lenguaje de alcance colectivo: el canon egipcio lo empleó para fijar la idea de eternidad, el idealismo griego lo utilizó para apelar a la excelencia del hombre, mientras que la tradición romana lo instrumentalizó como un eficaz vehículo de propaganda política.

La dimensión religiosa ha operado históricamente como uno de los principales catalizadores de la producción escultórica. Manifestaciones tan diversas como el relieve en los templos hindúes, la estatuaria gótica europea, la iconografía budista o la monumentalidad prehispánica evidencian que el volumen no respondía a una mera búsqueda estética autónoma. En estos contextos, la experiencia estética no se agotaba en la contemplación de la belleza; era, fundamentalmente, un vehículo de mediación cultural encargado de transmitir códigos morales, narrativas espirituales e identidades colectivas.

Resulta determinante considerar la función ideológica del arte: el mismo sistema, los movimientos sociales y el factor económico han empleado la escultura, la arquitectura y los monumentos públicos para consolidar identidades nacionales, legitimar el poder o expresar ideales revolucionarios. Las plazas cívicas, los memoriales y las esculturas urbanas funcionan como narradores permanentes de la memoria histórica de los pueblos y de su dominio, poder y voz.

No obstante, el arte posee también la facultad de fracturar dichos discursos ideológicos oficiales. Por ejemplo, en la historia del siglo XX mexicano, un periodo marcado por la reconstrucción de la identidad tras la Revolución. Con el muralismo, aunque fundamentalmente bidimensional, se establecieron las bases de una tridimensionalidad pública que se extendió hacia el urbanismo y la arquitectura. Murales y conjuntos arquitectónicos con sus relieves integrados a la arquitectura, es un ejemplo fehaciente de cómo la materia esculpida no solo decoraba, sino que politizaba el espacio urbano, denunciando la explotación y reivindicando al trabajador.

Esta transgresión de los límites museísticos no fue un fenómeno aislado, sino parte de una corriente global que buscó democratizar el arte y confrontar al espectador en su propio entorno cotidiano. A escala internacional, el arte urbano y la instalación pública se convirtieron en dispositivos de subversión donde la tercera dimensión dialoga directamente con la arquitectura de la ciudad y las tensiones del tejido social. Como señala Pallasmaa (2012), la arquitectura no se experimenta únicamente mediante la vista, sino a través de todos los sentidos, especialmente el tacto, lo que convierte a la experiencia en un componente esencial del diseño del espacio.

Tradicionalmente se ha pensado que el arte volumétrico pertenece exclusivamente a los artistas plásticos y escultores. No obstante, esta visión resulta limitada frente a la realidad contemporánea. Actualmente, el diseño donde se consideran tres dimensiones es interdisciplinario pues participan múltiples profesionistas y todos ellos crean objetos y espacios que combinan funcionalidad, estética y significado cultural. Esta comprensión multisensorial del espacio encuentra un sólido fundamento en la fenomenología de Merleu-Ponty (2012) quien afirma que el espacio no existe únicamente como una realidad física objetiva; se convierte en un espacio vivido, cuya comprensión depende del movimiento, la memoria, la postura corporal y la interacción continua con el entorno.

Por ejemplo, el diseño urbano convierte las ciudades en verdaderas galerías al aire libre. Las glorietas, los monumentos, las fuentes, los parques, los jardines, las plazas públicas y el mobiliario urbano son parte del patrimonio visual de una comunidad. O en el diseño industrial donde también se demuestra que la estética y la funcionalidad pueden convivir armónicamente. Automóviles, muebles, electrodomésticos, herramientas, luminarias o dispositivos electrónicos son concebidos bajo principios ergonómicos, tecnológicos y visuales.

Uno de los ejemplos más representativos es el packaging (tradicionalmente conocido como diseño de envases y empaques). Aunque suelen ser considerados simples contenedores, en realidad constituyen auténticas piezas de diseño en tres dimensiones. El aspecto y función del envase, el equilibrio de sus volúmenes, la textura de los materiales, la facilidad de uso y su capacidad para transmitir la personalidad de una marca convierten al empaque en un objeto donde confluyen arte, mercadotecnia, ingeniería y comunicación visual. Cabe así afirmar que la tridimensionalidad comunica el branding a través de la experiencia háptica.

Donald Norman (2013) sostiene que los objetos exitosos no solo cumplen adecuadamente su función, sino que generan vínculos emocionales con los usuarios mediante su forma, materiales y facilidad de uso. Un envase puede despertar emociones, influir en las decisiones de compra e incluso convertirse en un ícono cultural, como sucede con las botellas de Coca-Cola, los perfumes de lujo o los empaques minimalistas de productos tecnológicos.

Asimismo, el diseño gráfico ha trascendido la bidimensionalidad para intervenir espacios físicos mediante sistemas de señalización, gráfica ambiental, museografía, exhibidores comerciales, stands para exposiciones y experiencias inmersivas. La señalética de un aeropuerto, la orientación dentro de un hospital o la identidad visual de un museo son ejemplos de cómo el diseño gráfico participa activamente en la construcción del espacio físico.

Esta diversidad profesional demuestra que el arte tridimensional no se encuentra únicamente en los museos o en las galerías. Está presente en los objetos que utilizamos diariamente, en los espacios que habitamos y en las ciudades donde vivimos. Las bancas de un parque, cada luminaria, cada fachada, cada envase, cada jardín y cada edificio constituyen el resultado de decisiones creativas donde convergen función, estética y cultura.

Coloquialmente se ha considerado la función semiótica de los materiales, pues el mismo material lleva un significado intrínseco: la piedra, la madera, el barro, el mármol, el vidrio, el acero, los polímeros, las fibras vegetales e incluso los materiales reciclados representan algo más que soportes físicos; expresan la relación entre una comunidad y su medio ambiente. Como decía Eco (1976) afirmando que la capacidad de los materiales para transmitir significados culturales es un fenómeno semiótico donde la forma y la materia operan como significantes. Así, el mármol evoca permanencia y monumentalidad; la madera transmite tradición y cercanía; el barro simboliza el origen y el vínculo con la tierra; mientras que el acero, el aluminio y los materiales compuestos representan innovación tecnológica y modernidad.

El siglo XXI ha redefinido completamente el concepto de tridimensionalidad. Las herramientas digitales, la inteligencia artificial, la realidad aumentada, la realidad virtual, el modelado y la impresión 3D permiten desarrollar proyectos que hace apenas unas décadas parecían imposibles. Sin embargo, el verdadero valor de este tipo de diseño no reside únicamente en la sofisticación tecnológica. La innovación solamente adquiere sentido cuando responde a las necesidades de los sujetos. Los profesionales del diseño contemporáneo enfrentan el reto de crear espacios y objetos accesibles, funcionales, sostenibles e incluyentes que mejoren la calidad de vida sin perder de vista la identidad cultural.

Esta visión coincide con los planteamientos de Victor Papanek (1985), quien sostiene que el diseño debe orientarse prioritariamente a resolver necesidades sociales y ambientales antes que responder únicamente a intereses comerciales. Desde esta perspectiva, el diseñador deja de ser un creador de objetos para convertirse en un agente de transformación social, capaz de mejorar la calidad de vida mediante soluciones responsables, sostenibles y culturalmente pertinentes.

 Consideraciones finales

El futuro del arte y del diseño tridimensional dependerá siempre de las tecnologías que logremos desarrollar, pero aún más de la sensibilidad con la que decidamos utilizarlas. La inteligencia artificial, la fabricación digital y los nuevos materiales continuarán modificando la manera de crear; sin embargo, ninguna innovación sustituirá la capacidad sensible para otorgar significado a la materia.

Resulta indispensable abandonar la idea de que el arte tridimensional pertenece exclusivamente a escultores y artistas plásticos. Las ciudades, los productos, la arquitectura, los espacios públicos, los envases, la señalización, la moda, el mobiliario y los paisajes también constituyen expresiones artísticas cuando integran creatividad, funcionalidad y significado cultural. En consecuencia, el diseñador contemporáneo debe adoptar una perspectiva de carácter transversal no solo crear objetos bellos, sino contribuir al bienestar colectivo mediante soluciones responsables y sostenibles.

En última instancia, la escultura y el volumen constituyen un lenguaje común entre todas las disciplinas creativas. Su misión no consiste únicamente en embellecer el mundo, sino en evolucionarlo. Cuando la creatividad, la tecnología y la responsabilidad social trabajan de manera conjunta, el diseño tridimensional deja de ser un objeto para convertirse en una experiencia capaz de educar, inspirar y proyectar hacia el futuro los valores que una sociedad decide preservar.

Se observa una tendencia hacia etapas de IA con rasgos de emociones y creación estética, sin duda eso cambiará nuestra relación con los objetos desvalorando el proceso de creación, como ya se da con la fabricación en serie y la maquinización incluso de los expertos, pues la inteligencia artificial será capaz de diseñarlos sin intervención de un espíritu creador. Lo que quedará es el valor de quienes lograron la transformación del pensamiento humanista en programas cibernéticos auto gestionables. En tanto, y sobre este aspecto, la labor de las personas es la de crear y manifestar resistencia con la creación, el pensamiento y el alma humana. La IA genera datos, pero el diseñador aporta el sentido y la ética, elementos que el software por sí mismo no posee.

Referencias

Eco, U. (1976). Semiótica teórica. Indiana University Press.

Frampton, K. (2020). Arquitectura moderna: Crítica histórica (5th ed.). Thames & Hudson.

Gombrich, E. H. (1995). Historia del arte (16th ed.). Phaidon.

Janson, H. W., & Janson, A. F. (2004). Historia del arte (6th ed.). Pearson.

Klimchuk, M. R., & Krasovec, S. A. (2018). Diseño de envase (2nd ed.). Wiley.

Maldonado, T. (1993). El diseño industrial reconsiderado. Gustavo Gili.

Merleau-Ponty, M. (2012). Fenomenología de la percepción. Routledge.

Munari, B. (2008). Arte y diseño. Penguin Books.

Norman, D. A. (2013). The Design of Everyday Things (Revised and Expanded Edition). Basic Books.

Pallasmaa, J. (2012). The Eyes of the Skin: Architecture and the Senses (3rd ed.). Wiley.

Papanek, V. (1985). Design for the Real World: Human Ecology and Social Change (2nd ed.). Academy Chicago Publishers.

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